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La cultura, una cenicienta que lucha por volverse princesa

Cundinamarca, en su extensa geografía, tiene grandes manifestaciones de su actividad cultural, que cubren prácticamente todo el espectro con el que se puede identificar la ilustración de un pueblo.

Sin embargo, sus cultores son los grandes abandonados de la gestión estatal. Con excepción de Europa, que tiene un gran legado en este renglón por proteger, la mayoría de los estados en el mundo consideran a la cultura un camino menor dentro de sus prioridades presupuestarias.

Incluso, en la reciente crisis económica europea, la cultura fue una de las orientaciones más golpeadas dentro de los ajustes presupuestarios, que la Unión Europea y el Fondo Monetario Internacional impusieron como condición para ayudarlos a superar la recesión.

Recientemente he tenido la oportunidad de apreciar los molinos de vientos, que, contra toda lógica, colectivos y grandes quijotes individuales luchan por derribar, llevando las manifestaciones culturales más variopintas de nuestro pueblo en unas condiciones muy difíciles de sustentación y, por lo mismo, doblemente meritorias, dignas de destacar y apoyar.

En Cajicá, por ejemplo, construyeron un maravilloso centro cultural en una explanada muy cerca de la antigua estación del ferrocarril, la cual en su versión turística, todavía atraviesa las líneas férreas de la población.

El centro cultural tiene más de cinco mil metros cuadrados de construcción, con 20 salas insonorizadas, una hermosa y espaciosa biblioteca, más un auditorio principal, que también opera como centro de convenciones; en fin, una moderna y hermosa instalación, limpia y muy bien cuidada, que llena de orgullo a los cajiqueños.

Chía, en cambio, referente cultural de la Sabana anteriormente, cada vez pierde más importancia frente a embestidas como la de los cajiqueños o los zipaquireños, quienes también tienen una vasta oferta cultural, pero que se encuentra igualmente en Tabio, en Tenjo, en Sopó, e incluso en La Calera, que es más conocida por sus sitios de rumba.

La Casa de la Cultura de Chía, a pesar de todos esos embates, es un remanso en las tormentas urbanísticas que rodean la población; pero de eso nos encargaremos en otra ocasión, cuando concluyamos algunas investigaciones que estamos rastreando.

La Casa Alberto Lleras, es prácticamente un instituto supra estatal, sobreviviente a los diferentes alcaldes que la rondan, donde profesores, mecenas y defensores de su actividad tienen que sobarle la espalda y darle “las gracias” casi como vasallas, so pena de sufrir algún castigo presupuestario mayor, que pueda menoscabar su subsistencia.

Sin embargo, al lado de la actividad estatal, dan la pelea a brazo partido y como un gato patas arriba otras personas, con una labor que amerita levantarles estatua. Una de ellas es el pequeño centro cultural llamado La Ruana, cuyos impulsores y motor dinámico, contra viento y marea, son un par de esposos, artistas de la música y del folclor patrio.

La Ruana, básicamente, se construyó en la sala comedor de una casa de dos pisos, muy cerca de la Casa de la Cultura de Chía. Ellos, con todo el amor y un esfuerzo técnico encomiable, se ayudan sin envidias ni celos con la casa de la cultura, para ofrecer una propuesta divulgativa y formativa que abarca desde el teatro hasta la música, pasando por la poesía y, en general, todas las manifestaciones educativas de un pueblo, para intentar “sacar la cultura de los bares”, como dice Johana, su ángel guardián. U.G.O.

Acerca olinto uribe

Soy un escribidor de la vieja época, con aficiones tecnológicas de la nueva. Creo rabiosamente, en la independencia del periodismo y en el compromiso y deber social que tenemos por construir una mejor sociedad. Actualmente soy Director Editorial del periódico pero, títulos aparte, me enorgullece pertenecer a un pequeño grupo de soñadores convencidos que, parodiando a García Márquez, todos los seres debemos tener una segunda oportunidad sobre la tierra.

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