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Hoy esJue, 24 Jul 2014 10am

Caricaturas universales

El Roto es uno de los grandes caricaturistas que tiene el periódico El País de España. Para ponerlos en contexto, es algo así como el Vladdo del grupo Prisa. Como los problemas parecen ser universales –uno, sobre todos, la corrupción-, y como quiera que aquí nadie se ha referido a ellos tan claramente como el caricaturista español,  aquí les dejo dos extraordinarios ejemplos en la pluma genial de El Roto. Las viñetas se explican por sí solas.
Sexo en el Congreso
Sucedió hace muchos años en el máximo recinto de la democracia colombiana. Ocupaba su curul juiciosamente sin que se le conocieran ausencias; por el contrario, era uno de los primeros que llegaba y uno de los últimos en retirarse. Tampoco jamás se le conoció la voz, pero se volvió famoso e inolvidable entre sus pares por una habilidad clandestina, que por una casualidad imperdonable se conoció.
El Representante negro, que todos pudorosamente no quieren recordar, mantenía las hormonas muy alborotadas. Al parecer es una cualidad muy propia de la raza. También se rumoraba que sus atributos eran comparables al del gran Tino Asprilla.
El hombre no respetaba raza, sexo, condición social o religiosa, si de faldas o pantalones femeninos se trataba. Fiel a su temperamento, nuestro personaje no disimulaba las miradas, a veces claramente atrevidas, que se cruzaba con una de las aseadoras del Congreso.
Hasta que a final la carne sucumbió. Esa noche las sesiones habían terminado más temprano que de costumbre, circunstancia que aprovechaban algunas aseadoras para adelantar el trabajo del día siguiente, sobre todo cuando el llamado a los congresistas era bien mañanero.
Mis fuentes no aclaran si el encuentro fue pactado o lo produjo la alcahueta casualidad. Lo cierto es que “el negrito del batey” dejó que todos sus compañeros se despidieran y con cualquier excusa volvió al recinto del pleno.
La mala fortuna fue que otros también tuvieron que hacerlo porque se les quedaron algunos materiales que necesitaba revisar en casa. Cuando entraron, el Congresista hacía las delicias con la aseadora y a pesar de los gritos indignados de sus compañeros, el pobre no pudo desprenderse hasta no terminar la tarea. Imploró excusas, la aseadora salió corriendo como alma que lleva el diablo; el pobre se limpió, salió con sus vergüenzas y el incidente evidentemente quedó confinado a las cuatro paredes y 268 miembros del Congreso Nacional. Del negrito, terminado el período nunca se volvió a saber nada.  

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